Las fuerzas centrífugas dentro del peronismo hace rato que están actuando, causando una sangría que se aceleró en los últimos meses en los que abundaron los pases de factura por la derrota del 28 de junio, sobre la que Néstor Kirchner ha operado más como Atila que como Cristo. Su embate contra los “traidores” generó la emergencia de políticos jóvenes –y no tanto- que no están dispuestos a seguir amarrando sus botes al Titanic.
Surgen así el tándem Massa-Bruera en tibio pero abierto desafío a la alianza Kirchner-barones del conurbano, rebeliones dentro del gobierno de Daniel Scioli, fracciones piqueteras –otrora oficialistas- que se oponen al reparto de los cupos del plan Argentina Trabaja en manos de los intendentes amigos del oficialismo y muchas otras expresiones, como la del senador Verna que ya tenía elaborado un proyecto de ley para el uso las reservas del BCRA, en el supuesto caso de que la presidente hubiera abierto esa posibilidad, la misma que siendo senadora, fue expulsada del bloque del peronismo por el pampeano, en el año 2002.
Perder el control de ambas cámaras es el resultado de continuar concibiendo el poder como acumulación pura de un juego de suma cero. No deja de ser asombroso que en el Senado, Carlos Menem, Alfredo Rodríguez Saá e Hilda Duhalde, entre otros peronistas, se hayan unido a los radicales y socialistas para arrebatarle al kirchenrismo la mayoría de todas las Comisiones y 13 de las 25 presidencias. Esa amalgama fue sólo posible gracias a la catalización que provocó Cristina F. de Kichner el 1 de marzo, momento en el que el oficialismo dio por tierra con toda posibilidad de diálogo, despreciando a la propia institución deliberativa.
En este panorama, la frágil salud política del oficialismo, pretende encontrar un remedio en la reasunción de Néstor Kirchner como presidente del PJ, aunque no haya cambiado nada desde el momento en que renunció el 29 de junio, hasta la fecha. Seguir atándose a los “flotadores” del conurbano bonaerense y cultivar alguna relación con los gobernadores de las provincias más chicas, que aún no han decidido – más por necesidad que por convicción- abandonar el barco oficial, es lo único que le queda. Cierto es que conserva algunas espadas mediáticas que ya están jugadas con este proyecto de poder.
Muchos legisladores y gobernadores que aún permanecen en el oficialismo han tomado nota de lo mal que caen en su base electoral muchas actitudes del Ejecutivo, tanto como la pobre imagen de la presidente. Esa presión de la opinión pública no hace mella en los Kirchner que tienen fecha de salida en el 2011, pero los primeros se quedarán en sus puestos después de esa fecha y aspiran a continuar su carrera política. A todos ellos les preocupa limitar la “capacidad de daño” de un matrimonio desbocado en una lucha, casi personal, contra todos los que se opongan a sus designios.